CIENCIA

Carlos Arce Macías

 

El fin de la ciencia no es abrir la puerta al saber eterno, sino poner límite al error eterno”.

Galileo Galilei

 

El término “Ciencia, proviene de la etimología latina scientia que significa conocimiento. Pero no es cualquier conocimiento, sino se trata de aquel con ciertas cualidades: sistemáticamente estructurado, obtenido mediante la observación de patrones regulares, de razonamientos y de la experimentación. A partir de estas condiciones se construyen hipótesis, se deducen principios y se elaboran leyes generales y esquemas metódicamente organizados. Se trata de la operación del cerebro humano en su mejor nivel de funcionamiento. Es una tarea diferenciadora de la especie humana. Es el pensamiento sublimado.

 

Sin embargo hacer ciencia no ha sido fácil. Más allá de los referentes históricos de Babilonia, China y Egipto, los griegos desarrollaron como ninguna otra civilización el pensamiento científico. Solo el hachazo del cristianismo segó los avances logrados en la era clásica y postró a la civilización occidental en el obscurantismo. Hacer ciencia se convirtió en una peligrosísima actividad que podía terminar en la hoguera o por lo menos en alguna mazmorra o celda conventual. La utilización del método más sincronizado con el cerebro humano, desnudaba con singular crudeza muchos de los absurdos dogmas religiosos. De allí que la ciencia siempre termina contrapuesta a la creencia. La creencia busca la fe, la ciencia la evidencia y la razón.

 

La historia testimonia a un buen número de famosos perseguidos por sus observaciones, experimentos y teorías, como la célebre científica Hipatía de Alejandría, pero también Roger Bacon, Miguel Servet, Giordano Bruno, Nicolás Copérnico, Johannes Kepler y René Descartes. El fanatismo y la fe, no se llevan bien con la ciencia que exige como presupuesto la libertad de dudar de todo. La hoguera siempre había estado presente , hasta la consolidación de la revolución científica ya en los finales del siglo XVII mediante la creación en Inglaterra de la Royal Society, la asociación científica más antigua del mundo, con Isaac Newton a la cabeza, y su famoso lema: “Nullius in verba” (En palabras de nadie), que establece el desacato al  “principio de autoridad de los escolásticos”, como reto para comenzar a dudar de todo y pensar todo.

 

A partir de ese momento, las principales potencias mundiales fomentaron las ciencias, y con ello, el desarrollo acelerado de la civilización. Los países saben de la importancia de consolidar una masa crítica que entienda y practique la ciencia, conectando con otras zonas y regiones para compulsar observaciones e hipótesis, así como para compartir experimentos. La bonanza de los países depende de ello.

 

Hacer ciencia se convirtió, con el tiempo en política de Estado. Las conflagraciones bélicas de dos devastadoras guerras mundiales, y especialmente la guerra fría y los avances en el uso de la energía nuclear, accionaron grandes inversiones para formar científicos, construir laboratorios y apoyar proyectos en la industria y en las grandes universidades. 

 

Hoy el país que carece de capacidades científicas y tecnológicas está destinado a la medianía… si bien le va. Es por eso que sorprende la mezquindad e inquina con la que el gobierno de López Obrador ha actuado en contra de la comunidad científica, agrediéndola y acusándola de ser corrupta. Hay un tufo en el modito como el presidente se refiere a los científicos y goza los disparates de su nueva directora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), que agravia y hiere.

 

Nuestro nuevo presidente no es un hombre tocado por la luz de la ciencia, sino por el contrario, sujeto al pensamiento basado en creencias. Se advierte esto a todas horas en sus mensajes y en la forma como toma sus decisiones. Convertir en púlpito la tribuna presidencial, descubre su convicción en que la revelación, es la base de su acción. El antídoto, por desgracia para él, es la ciencia. De allí que desmembrar el aparato científico y tecnológico del país se convierte en una prioridad gubernamental, ya que desde esa posición se pueden controvertir “sus datos”.

 

Y es que en el encuentro con el pensamiento científico es desde donde se puede desmoronar su gustada frase:  “yo tengo otros datos”, que no podría sostenerse frente a académicos connotados que recomendarían: “pues revíselos porque están mal”; o bien ante la festiva afirmación de: “vamos requetebién”, porque se impondría la pesada ancla de la realidad, constatada científicamente y que le señalaría al Ejecutivo tajantemente: “se equivoca, vamos mal. Rectifique”. 

 

Ese es el drama de la ciencia frente al poder sin contrapesos, y el momento en que las hogueras se encienden en busca de nuevos condenados para tranquilizar a sus fanáticos. No por nada, el renacimiento democrático se dio luego de producirse la revolución científica. Desde allí se entendió la necesidad de acotar a los monarcas y dictadores. 

 

Pero si no es desde el ámbito científico, dónde se combata la sinrazón que comienza a campear en México, no será en ninguna otra parte, donde se luche frontalmente contra el fanatismo y las creencias absurdas, que subyace en el populismo mas ramplón. Salvaguardar la búsqueda de la verdad en un entorno de libertad, y hacerle frente al dogma, desde cualquier parte donde se quiera imponer, es deber académico irrenunciable. Con valentía, los científicos mexicanos deben de dar esta batalla. Nullius in verba.

 

 

 

 

 

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CIENCIA A CONTRAPELO, UNA SALIDA

Carlos Arce Macías

 

Bajo angustia y presión, el Foro Consultivo, Científico y Tecnológico A.C., órgano autónomo de consulta del Poder Ejecutivo Federal, advierte al presidente de la República: Se verán afectadas por los recortes al gasto, las investigaciones llevadas a cabo por personal altamente calificado, como las relacionadas con la salud en general, las enfermedades infecciosas y crónicas, la diabetes, la obesidad; la salud mental y las adicciones; los derechos humanos, la migración y las presiones demográficas; los estudios de riesgo geológicos, sísmicos y meteorológicos; el cambio climático, su prevención y mitigación; la generación de energías limpias; la alimentación, el agua y la agricultura; la enseñanza y la educación; la preservación de nuestro patrimonio cultural, histórico y arqueológico; los materiales avanzados; la extracción mejorada y eficiente de hidrocarburos; el cómputo, la inteligencia artificial, las matemáticas, las telecomunicaciones y la aeronáutica, entre muchas otras.

 

El párrafo no tiene desperdicio. Alcanza a darnos una idea general del impacto que la toma de decisiones, torpes y desinformadas, del presidente de México, está produciendo en diversos rumbos de la administración. Recientemente, un especialista en temas científicos me revelaba:

Si hoy se pudiesen reparar las pésimas decisiones en materia de política científica y tecnológica, y se procediera a rescatar el CONACYT de las tinieblas que ahora lo acosan, bajo una pésima dirección,  la nueva directiva tardaría por lo menos dos años en recomponer los daños provocados. 

 Traducción: en menos de seis meses, en temas de ciencia, tecnología e innovación, ya nos retrasaron dos años. ¿Cómo acabaremos este dramático sexenio? ¿Con que rezago? Pero aparte, el nuevo gobierno contribuirá a hacer al país más dependiente de la ciencia y tecnología extranjeras. En pocas palabras, estará contribuyendo a lograr exactamente lo contrario a lo proclamado en el discurso oficial. La llamada ciencia “nacionalista” acentuará la necesidad de pedir y suplicar al exterior, ayuda para resolver nuestros problemas, en poco tiempo. Absurdo.

 

Inmersos en esta necedad, los dirigentes a cargo de la maltrecha nave científica, por ejemplo, han decidido que resulta innecesario que los científicos mexicanos viajen fuera del país. Bastante hemos tenido con que muchos de ellos hayan cursado maestrías y doctorados en el extranjero, en dónde solo han aprendido cosas malas y perversas, afirman. Ahora se requiere del permiso especial para viajar bajo los auspicios gubernamentales. Así acabarán con la participación en convenciones y reuniones de especialistas, en trabajos de investigación interdisciplinarios y en experimentación en diversos laboratorios con grupos de científicos internacionales. En fin, una locura.

 

Por lo pronto, los centros de investigación han sido duramente golpeados, al cancelar los contratos por honorarios (es imposible conseguir una plaza en el gobierno federal desde hace años), al retirarles los seguros de desempleo y de gastos médicos mayores y reducir los estímulos diversos, como los de publicaciones y libros.

 

Pero el ataque no para ahí. Por lo pronto la cuatroté, ya desmembró a la Universidad Autónoma Metropolitana, manteniéndola en una larga y letal huelga. Ahora, apoderarse de sus despojos será fácil. Pero también van por la UNAM. Es más que sabido en el medio, que ya cuentan hasta con prospectos para encumbrar a algún incondicional como rector confiable. Se trata de un objetivo estratégico, para su plan de control político y adoctrinamiento. Pronto asistiremos a esta desgastante lucha, de la que, difícilmente, la principal institución universitaria del país, saldrá bien librada. Mientras el área de ciencias y educación superior se pudre y carcome, las cien universidades patito del plan gubernamental, sin rigor académico alguno, se establecerán como clubes y centros de apoyo, reclutando a la juventud maleable.

 

Por lo pronto, los gobernadores que posean un poco de dignidad y valentía, deberían combatir por la sobrevivencia de sus centros de investigación, situados en cada uno de sus estados. Llamo especialmente la atención en el caso del centro del país, el Bajío y el occidente, por sus necesidades de investigación y desarrollo, vinculadas a la potente industria asentada en cada entidad. Para Guanajuato, Querétaro, Jalisco, Aguascalientes y San Luis Potosí, es vital la conservación de la infraestructura en investigación y conocimiento de punta.

 

Ante la revolución de la industria 4.0, que implica el uso de inteligencia artificial, y sumergidos en la economía del conocimiento, cada día se requiere mayor número de investigadores y científicos, pero también de ingenieros. Los ingenieros son la parte más sensible de la ecuación que resuelve el paso de la manufactura a lo que han dado en llamar mente-factura o innovación radical. En este punto hay malas noticias para México: no hay ingenieros que detonen esos procesos. 

 

Los ingenieros innovadores, que transforman radicalmente la realidad se forman en grandes centros de conocimiento, como es el caso de Harvard, Stanford, MIT y el Technion de Israel. Nuestros ingenieros no llegan a esos niveles. Doy un dato: el MIT tituló en 15 años cerca de 16,000 ingenieros, muy pocos. Pero estos formaron empresas innovadoras que sumado su valor, serían la economía número 17 del mundo. Ese es el poder de la innovación en su máxima expresión.

 

Entre tanto en México nos encontramos inmersos en un combate por la sobrevivencia de un delgado y titubeante sistema de centros de investigación, frente a la pseudociencia, el fanatismo ideológico y la ignorancia. Habría que encontrar santuarios para los investigadores de universidades y centros de investigación, que bien pueden ser las ciudades y los estados mas vanguardistas, en entidades sensibles a las necesidades de conservar competitividad internacional y proclividad por la innovación.

 

Para concluir, no estaría mal atreverse a iniciar un proyecto de largo plazo para la formación de ingenieros de altísima calidad, de élite, que contraste con la masificación y medianía académica que pretende la política de la cuatroté. Consiste en la formación de una institución regida por los más altos estándares de calidad educativa, con 1000 estudiantes de licenciatura y 250 de posgrado, 100 profesores, contratados, exclusivamente, en las 50 mejores universidades del mundo, con laboratorios de punta, salones de clase, conferencia y dormitorios. Áreas para viviendas de profesores y ubicado en las cercanías de algún centro urbano que garantice buena calidad de vida. No se trataría de un proyecto gubernamental, más que inicialmente; su viabilidad se cimentaría, como en el caso de grandes instituciones educativas, en la constitución de fondos patrimoniales, soportados por el gremio empresarial, verdaderamente comprometido con el progreso del país. Un proyecto que se convierta en el ejemplo de lo que México escapaz de realizar, aún con vientos en contra. Para iniciar no se requieren más de 100 millones de pesos y un terreno adecuado.

 

Debemos estar listos para entrar en acción, no confrontando ni peleando con rijosos, sino construyendo los arquetipos que el futuro nos reclama. Es una posición políticamente más inteligente, basada en la inteligencia y que plantea problemas que solo con inteligencia se resuelven, no con ideologías.Apostar por el imperio de la razón. Piénselo quien lo deba de pensar y pueda asumir un reto de esa magnitud.

 

 

 

PERDÓN, ME EQUIVOQUÉ

Carlos Arce Macías

El problema que alguien enfrenta por andar exigiendo disculpas, es que si se equivoca, es él el que deberá pedir perdón por el temerario reclamo. Es lo que pasará, a la larga, con nuestro presidente-historiador. Mal informado, ajeno a los avances de la investigación científica, y sin conocimiento de cómo afecta el acopio monumental del conocimiento del siglo XXI, en la reflexión sobre hechos del pasado; el maestro mañanero se lanzó, de torpe manera, a exigirle al monarca Borbón, que España pida perdón por los agravios causados durante la Conquista, allá en el lejano siglo XVI.

 

Y es que el tutor matutino estudió en libros de texto gratuito, bajo la influencia de un perverso maniqueísmo nacionalista, en el que se entiende la Conquista de “México” (este país no existía), como una agresión a un bucólico reino, en el que los nativos vivían una vida paradisiaca, interrumpida por el acero hispano, que liquidó su caritativa religión basada en los sacrificios humanos, e impuso el castellano como lengua obligatoria. A partir de allí todo se desgrana entre buenos y malos. Una historia muy parecida a una telenovela, lejana a las narrativas de los grandes historiadores mexicanos, ingleses y españoles que han estudiado con minuciosidad el complejo encuentro de civilizaciones que se dio hace ya cinco siglos.

 

Ahora, hay otra forma de entender la Historia. La da a conocer el gran escritor israelita Yuval Noah Harari ( Sapiens, de Animales a Dioses, Debate 2013). Entender el proceso de desarrollo de la humanidad, como la evolución de una especie, entre muchas, dotada de aptitudes especiales, denominada Sapiens. Desde esa óptica el proceso de la evolución, aparece en un contorno diferente a las lecturas tradicionales; por ejemplo, en la reflexión sobre los imperios, como el español del siglo XVII, del que el revolucionario académico enuncia: “Hay escuelas de pensamientos y movimientos políticos que buscan purgar la cultura humana del imperialismo, dejando atrás lo que afirman que es una civilización pura y auténtica, no mancillada por el pecado. Tales ideologías son, en el mejor de los casos, ingenuas; y en el peor, sirven de solapado escaparate del nacionalismo y la intolerancia”. Y en eso estamos hoy en día en nuestra patria, amachados en retornar a viejas rencillas, ya superadas, para intentar, en aras de un nacionalismo trasnochado, fracturar a la sociedad, que en lugar de otear el futuro, es obligada a encadenarse al pasado.

 

Pero de pronto, irrumpe la ciencia en este teatro chocarrero, armado por nuestro presidente hace algunas alboradas. Los paleo demógrafos, han ubicado a los habitantes de lo que hoy sería el territorio de México en 22 millones de personas en 1520. Para 1575 la población indígena se había reducido a menos de 2 millones de habitantes. ¿Qué sucedió? 

 

 La respuesta la han ido construyendo los paleo patólogos. Primero se identificaron varias pandemias, propiciadas por el encuentro con los europeos. La primera fue la influenza, que enfermó al almirante Colon en su segundo viaje, terminando con gran parte de los pobladores del Caribe. Continuó con una terrible epidemia de viruela, que transportó uno de los miembros de la expedición de Pánfilo de Narváez, y que anidó en Tenochtitlán, mató a Cuitlahuac, y de plano borró de la faz de la tierra a los aztecas. Murieron en una década 8 millones de indígenas. Por más que los extremeños y andaluces hicieran milagros para exterminar cuanto indígena encontraran en su camino, era imposible de cumplir esa cifra, más cuando los conquistadores deseaban mano de obra y nuevos fieles para cumplir con su “encomienda”. Así ha quedado bien documentada la terrible mortandad que se provocó por ese vector infeccioso, al que luego siguieron el sarampión, la fiebre amarilla  y el tifus. 

 

Sin embargo, en 1545 se dio una nueva enfermedad no identificada. Los indígenas que habitaban el Valle de México, la denominaron cocoliztli. A partir de esa fecha, la reducción de habitantes indígenas en Mesoamérica fue dramática. En solo cinco años, mató aproximadamente a 13 millones de gente, casi todos nativos. Para mala fortuna de las tribus originarias, en 1576 se volvió a reactivar la epidemia de cocoliztli, llevándose a la tumba a 2 millones más de infectados. Esta peste se perdió en el tiempo. No fue identificada en su momento, al contrario de las demás plagas que fueron prontamente clasificadas. Se comenta por los especialistas que fue algo parecido al ébola africano.

 

Desde hace un par de años, en la mixteca alta de Oaxaca, bajo la plaza central del complejo arqueológico de Yacundaa-Teposcolula, se encontraron los restos de cientos de personas, cuyo deceso se dio a mediados del siglo XVI. La alemana Ashlid Vagene, especialista en aqueogenética del Instituto Max Planck de Ciencias de la Historia Humana, conduce los estudios de ADN, de algunos de los más de 800 cuerpos enterrados en ese lugar. Ahora hay conclusiones. El misterioso cocoliztli coincide con una cepa de la Salmonella Entérica Paratyphi C. La investigación fue publicada en la prestigiosa revista científica Nature Ecology & Evolution.

 

La información científica, generada apenas en 2018, transforma nuestro conocimiento sobre la Conquista del Imperio Azteca. No fue una guerra genocida, encabezada por los castellanos y andaluces (España aún no nacía) la que extinguió a los habitantes del Valle de México, sino una serie de devastadoras epidemias de las que el cocoliztli fue la más mortífera. Esta nueva información, deshabilita el argumento que esgrime el presidente, para exigir desagravio y perdón de los españoles, acusados de acciones dolosas de exterminio. AMLO, mal asesorado, se equivocó y debería disculparse.

 

 Ante la evidencia y los estudios que seguirán apareciendo sobre el tema, la ciencia nunca para, aunque no sea ciencia nacionalista; los hechos descubiertos transforman la idílica y colorida Tenochtitlán, dibujada y pintada por Diego Rivera, en la cual Andrés Manuel sueña y cree; en una trampa epidemiológica mortal, que diezmó a la población original, liquidando a 20 millones de personas. 

 

Por eso es importante la ciencia: ilumina la obscuridady rebela la mentira. No en balde, Steven Pinker, el famoso psicólogo experimental y científico cognitivo de la Universidad de Harvard, ha escrito un vibrante libro:En Defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso” (Ed. Paidós 2018), como una respuesta y ataque directo al populismo que se ha esparcido en Estados Unidos, y que hoy padecemos también en México. 

 

El culmen de la razón es la ciencia. A ella debemos acudir para desactivar las mentiras en que se trata de sustentar el discurso retrógrado, lineal, predictivo y simplista, con que se pretende engañar a los ciudadanos menos educados. No por nada, el primer intento de desarticulación de instituciones, planeado por López Obrador y sus cómplices, se dirigió precisamente en contra del CONACYT. La ciencia, la tecnología y la innovación, son parte del antídoto contra el populismo ramplón que se trata de imponer en nuestro país. Resistir su embate, es vital para sobrevivir a este nuevo cocoliztli político. La razón será la mejor arma.

@carce55

 

 

 

CREER O PENSAR

 Carlos Arce Macías

 

Tomemos conciencia de cómo, cuando nos expresamos, normalmente utilizamos el verbo creer, en lugar de la palabra pensar. Creer es, según el Diccionario de la Lengua Española: tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado. Por su parte, pensar significa: formar o combinar ideas o juicios en la mente.

 

Nuestras sociedades latinoamericanas, surgieron desde la época colonial, bajo la influencia de la contra reforma. Expliquémoslo, se trata del momento histórico en el que España y sus colonias reaccionan en contra de la Reforma, iniciada por Martín Lutero, que finalmente tendría consecuencias extraordinarias para el avance de la civilización. Se trata de un “up grade” al catolicismo tradicional, diluido por la corrupción clerical, los intereses imperiales y la monetización de la religión con base en la pasmosa venta de indulgencias. Una parte muy importante de los países sajones, se adhirieron a esta nueva forma de vivir el cristianismo, afiliándose al movimiento reformista, durante los siglos XVI y XVII. A partir de la aceptación de la relación directa con Dios a través de la lectura de las Escrituras, se logra introducir la libertad de pensamiento, que luego condujo al pensamiento científico y a la utilización de su metodología. 

 

A esos cambios radicales de forma de vivir y creer entre los europeos, España respondió afianzando las creencias dogmáticas del catolicismo tradicional, repensadas desde el Concilio de Trento. Surge así un brazo religioso muy potente, con la creación de La Compañía de Jesús, los famosos jesuitas, con la misión de defender a toda costa su religión. El dogma poseyó, desde entonces, a los católicos, mientras que, en contraste, la libertad de pensamiento se fincó entre los protestantes.

 

La Reforma fue el fermento de la resistencia y los ataques al absolutismo con que se conducían muchas monarquías de esa época. Comenzó con la “Revolución Gloriosa” en Inglaterra en 1688, derrocando a Jacobo II, en tanto en Francia y España el absolutismo equiparaba al rey con el sol, aliados siempre con el papado, que terminó decretándose, modestamente, infalible.

 

La Nueva España se consolidó como un virreinato hermético a cualquier idea extravagante que no sintonizara con el catolicismo contra reformista. La inquisición llevó a cabo su función con esmero y eficiencia. La Iglesia se convirtió así en el cimiento de la sociedad novohispana, y posteriormente, luego de la independencia, de México. Su base religiosa y social ha sido el guadalupanismo, que nos ha guiado a sustentar la nacionalidad de todo un pueblo en una leyenda que se cree cierta. Este es el mejor ejemplo de la interiorización de la contra reforma, en la vida mexicana.

 

Por eso el latinoamericano común y más el mexicano,  cree, repito, cree en milagros inverosímiles, desde una mente troquelada para creer. No ha aprendido a desarrollar el método cartesiano de la duda, ni el pensamiento científico de Galileo Galilei , Johannes Kepler y Baruch Spinoza. La contra reforma resultó profundísima y la práctica de la doctrina y sujeción al dogma, cumplieron a plenitud su función de instaurar la creencia como principio básico de nuestra sociedad.

 

Así fue como los mexicanos acabamos creyendo a pie juntillas lo que se nos instruía disciplinadamente en el catecismo obligatorio; entre tanto las sociedades sajonas, construidas en los moldes de la Reforma, aprendían obligatoriamente a leer, para poder revisar directamente La Biblia. Mientras la sociedad hispanoamericana escuchaba la vida de los santos, los protestantes buscaban la lectura de los científicos y filósofos del Siglo de las Luces, como David Hume, Emmanuel Kant, Isaac Newton, Jean Jaques Rousseau y los sarcásticos escritos de Voltaire.

 

Dentro de la cultura occidental, los sajones pensaban, mientras que los latinos continuaban inmersos en la creencia. De allí viene la diferencia cultural entre las sociedades del pensar, en oposición con las del creer. Estos factores también contribuyen a explicar la diferencia entre el desarrollo de una y otra sociedad, unos se internaron apasionadamente en la Edad de la Razón (Thomas Paine 1794), en tanto que los otros continuaron uncidos a las creencias institucionalizadas durante el Siglo III por Constantino. Una pequeña diferencia de 1700 años terminó separándolas.

 

Luego de este rápido repaso histórico, que espero se excuse su generalización, y por lo tanto la abreviación de detalles y matices; cedamos el paso a los argumentos que nos den la pauta para comprender a plenitud el trayecto histórico y el arribo al espacio político que deseamos analizar: la preeminencia de la creencia sobre el pensamiento. 

 

Entendiendo que los mexicanos creemos más que pensamos, no nos disturbe pues, que el populismo haya penetrado a nuestra sociedad como cuchillo en mantequilla. No estamos acostumbrados a dudar. Nos han habituado a creer, incluso, en las más disparatadas aberraciones. Nuestro pueblo está domesticado para aceptar promesas seductoras como ciertas, sin estar demostradas. Basta el carisma personal de un político tozudo y audaz para vender esperanzas al mayoreo, que conduzcan mansamente al pueblo, a las garras populistas.

 

Solo así se explica que un político pueda prometer la transformación de toda una sociedad a la honestidad plena, al día siguiente de tomar posesión, y que el pueblo lo crea, votando ciegamente por él. Entendámoslo, no se trata solo de una promesa, es la certidumbre en los milagros, que ha sido cultivada por cientos de años entre nuestra sociedad. Es la aparición mesiánica y milagrosa de un personaje que transformará todo el entorno nacional. Es la certidumbre en una milagrería milenaria, que obnubila la mente, destierra la duda y elimina el hambre por la verdad.

 

Propongo un sencillo ejercicio para erradicar la carencia de certeza en las largas peroratas de nuestros políticos. Tomen nota, hay una trampa semántica muy perniciosa en todo esto. Identifíquenla. Traten, cuando digan “yo creo” en sustituir por “yo pienso” la idea que se intenta argumentar. Verán que el cerebro comenzará a responder, combinando ideas y juicios. El cerebro se verá obligado a activar la zona del neo córtex y sus conexiones neuronales más avanzadas, para confeccionar juicios y razones que conduzcan a la verdad. 

Un país que piensa, no puede ser engañado fácilmente. Un pueblo que impone a su cerebro la práctica de pensar, antes que creer, encontrará nuevos caminos de desarrollo y la construcción de mejores gobiernos. La verdad es el antídoto del populismo. Solo así dejaremos de creerles a los mentirosos.

 

 

NEUROCIENCIA, todo está en el cerebro

Y EL CEREBRO CREÓ AL HOMBRE

Carlos Arce Macías

Hanna y Antonio Damasio, son una pareja excepcional de científicos portugueses, ganadores en 2005, del premio “Príncipe de Asturias de Investigación Científica”. Hanna estudió neurología en la Universidad de Lisboa, y ha trabajado intensamente en la obtención de imágenes con tomografía axial computarizada y resonancia magnética nuclear. Dirige el “Centro Dornsife de Imagenología para la Neurociencia” de la Universidad del Sur de California.

Antonio, esposo de Hanna, es también neurólogo por la Universidad de Lisboa, y ha realizado trabajos sobre neurología del comportamiento. Es maestro de psicología, neurociencia y neurología en la Universidad del Sur de California, y dirige el “Instituto de Estudios Neurológicos de la Emoción y la Creatividad” del mismo centro universitario. Sus líneas de investigación son las emociones, la memoria, el lenguaje, la cognición y el movimiento. Es miembro de número de las academias de Artes y Ciencias, tanto estadounidense como europea. En sus más recientes investigaciones, se avoca a un tema novedoso: el neuro-psicoanálisis. También es un gran divulgador de la neurociencia, lanzando al mercado un libro de frontera: “Y el cerebro creo al hombre” (Ed. Planeta, México 2015). Su lectura es indispensable para entender el avance implacable de la ciencia, en relación con el cerebro. Los descubrimientos cierran discusiones legendarias, y abren nuevos cuestionamientos sobre el hombre y la vida.

Estudiar el cerebro había sido un reto monumental para los científicos. Otros órganos del cuerpo, podían estudiarse diseccionando cadáveres e inspeccionando los despojos. La anatomía se encargó de documentar puntualmente la descripción de cada componente del cuerpo. Pero un cerebro muerto, poco podía aportar al conocimiento científico. La fisiología nos proporcionó el conocimiento de las funcionalidades de los órganos, pero en el caso de la masa encefálica, casi no se podía avanzar. No ha sido sino hasta finales del siglo XX, cuando se han producido grandes avances en el desarrollo de la neurología, y posteriormente de la neurociencia en general. Los modernos aparatos de imagenología, como los que posee el sofisticado laboratorio de los doctores Damasio, pueden estudiar al cerebro vivo. Así registran intercomunicaciones, redes, actividades, puntos de excitación y alteración, permitiendo mapear e identificar su actividad. De pronto, el estudio de este órgano amplió inconmensurablemente las fronteras de la ciencia.

Partamos del hecho de que la evolución de la especie humana nos ha dotado, de tres tipos de cerebro dentro de nuestro espacio craneal: el reptiliano o primitivo, que controla los impulsos más básicos, como los de sobrevivencia; el intermedio o límbico, identificado con el de los mamíferos en general, que maneja y regula el subconsciente, las funciones del cuerpo y las emociones; y por último la parte superior del órgano, la llamada corteza cerebral o zona racional, propia del homo sapiens, que ejecuta las conexiones neuronales más complejas, en las que se produce la razón, y a partir de esta el avance científico. Este logro de nuestra especie, razón y ciencia, tienen una consecuencia: la desmitificación de creencias ancestrales, basadas en mapeos imprecisos y tergiversados de la realidad.

Los últimos descubrimientos a los que nos acerca el matrimonio Damasio, es al conocimiento de cómo el cerebro toma conciencia de sí mismo. Los millones de conexiones de neuronas de la corteza cerebral, escanean las regiones del tronco encefálico y el tálamo, estratos arcaicos del cerebro, encargados de que el cuerpo y sus órganos funcionen. De esa forma, el software cerebral, la mente, constata sus propias funciones y operaciones. Este automapeo, es lo que produce la sensación interna, de encontrarnos encapsulados en un cuerpo, aparentemente ajeno. Y lo único que está sucediendo es que nuestra corteza cerebral esta tomando “conciencia” de sus propias funciones y realiza su autobiografía. Es la manera, explica Damasio, como se produce el “yo”.

Considero que este fenómeno, documentado por la neurociencia, permite obtener nuevos ángulo de vista, a lo que antes se le nombraba como “alma” o ser. La conclusión es que todo esta en el cerebro, y que estas extrañas sensaciones no podían explicarse por las carencias de conocimiento del funcionamiento cerebral. Ahora, todo empieza a develarse.

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LA HOMOSEXUALIDAD NO ES UNA ENFERMEDAD

 

PREFERENCIA SEXUAL Y DERECHOS HUMANOS

Carlos Arce Macías

 

En los siglos XVI y XVII, la fe perdió una importante batalla frente a la ciencia. Los personajes que la vencieron fueron Copérnico, Bruno, Kepler y Galileo. La tierra gira al derredor del sol. Termina el geocentrismo. Francis Bacon inicia el método científico, y a partir de ahí, todo ha cambiado, aunque sea lentamente.

 

Luego, en el siglo XIX, volvió a recibir un fuerte golpe cuando Darwin presentó la teoría de la evolución, descartando el creacionismo basado en el Génesis. La ciencia genómica y la decodificación del ADN han acabado de cerrar el circulo sobre la evolución de la vida sobre la tierra. La razón se impone, descartando a las creencias.

 

Y es que para tratar muchos asuntos, no hay más que asomarse a la ciencia. Ésta nos da luz y alumbra el camino, basado en el atributo diferenciador de lo humano, la razón. Es por ello que hay que buscar las referencias científicas respecto a los problemas humanos que se nos van planteando. De otra forma, confrontaríamos las cuestiones del siglo XXI con visiones mágicas y sobrenaturales, a la usanza de las sociedades neolíticas. Un método poco práctico, francamente irracional y totalmente retrógrado.

 

Así, cuestiones como el homosexualismo, deben ser abordados con el método científico. Grandes psiquiatras y psicólogos han estudiado éste fenómeno humano. Al respecto, recomiendo el link de la American Psychological Association:

http://www.apa.org/centrodeapoyo/sexual.aspx . Desde ahí, se puede analizar y procesar un asunto tan delicado como el que ahora se trata en el Congreso del Estado, referente a la ley de sociedades de convivencia.

 

Lo primero es espantar los prejuicios y la ignorancia, e iniciar la discusión y el análisis sobre fundamentos científicamente sólidos. Para empezar hay que dejar bien claro que el homosexualismo es una preferencia sexual condicionada por muchos factores, y no es una enfermedad o perversión, como muchos creen. Así lo han definido las asociaciones mundiales de psicología y psiquiatría y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

 

La condición de homosexualidad del ser humano, no será la mayoritaria, pero no es antinatural. Los más recientes estudios concluyen: “La mayoría de los científicos en la actualidad acuerdan que la orientación sexual es más probablemente el resultado de una interacción compleja de factores biológicos, cognitivos y del entorno. En la mayoría de las personas, la orientación sexual se moldea a una edad temprana. Además, hay pruebas importantes recientes que sugieren que la biología, incluidos los factores hormonales genéticos o innatos, desempeñan un papel importante en la sexualidad de una persona” (Asociación Americana de Psicología). Así, resulta que” la homosexualidad es una variación natural de la sexualidad humana” (Organización Panamericana de la Salud) .

 

En ésta ruta, y a partir de definiciones científicas, el proceso civilizatorio ha avanzado en la protección de las minorías y la defensa de sus derechos. De ahí deviene la Declaración Universal de Derechos Sexuales (Hong Kong 1999) y Los Principios de Yogyakarta sobre la aplicación de la Legislación Internacional de Derechos Humanos en Relación con la Orientación Sexual y la Identidad de Género (Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Ginebra 2007). Ésta reunión conjuntó, a instancias de Louise Arbour, y Mary Robinson, Altas Comisionadas de ONU para derechos humanos, a 29 importantes juristas y expertos de talla internacional, procedentes de 25 países. Pueden consultarse los principios en el siguiente enlace:                    

http://www.oas.org/dil/esp/orientacion_sexual_Principios_de_Yogyakarta_2006.pdfEn ésta trascendente declaración se relacionan 29 derechos, siendo uno de ellos el derecho de los homosexuales a formar familia (Derecho 24), que incluye la adopción y a la reproducción asistida.

 

No hay vuelta de hoja, Guanajuato debe reconocer éstos derechos y emitir una legislación moderna y sin prejuicios, construida desde bases científicas. De otra forma, la resistencia al avance marcará a nuestra comunidad, como una sociedad reaccionaria, fanática e intolerante; atrasada pues, como es el caso de varios países islámicos, en dónde el Corán castiga el homosexualismo con lapidación, y ponen la consigna religiosa, sobre el sistema de protección de Derechos Humanos. Tratándose de asuntos civiles, estos son temas del Cesar, no de Dios, no confundamos.

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