LA HORA CIUDADANA

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Carlos Arce Macías

Resultó una casualidad que dos hechos se conjugaran, dos marchas multitudinarias una en defensa del Instituto Nacional Electoral (INE) y otra en apoyo del presidente López Obrador. Fue una curiosa conjunción en la que quedó claro el valor que hoy representan las personas que se asumen ciudadanas, es decir, los individuos que asumen a plenitud sus derechos políticos.

Marcha en defensa del INE

Aún cuando no queramos, la condición ciudadana otorga una categoría superior a los sujetos que deciden portarla. De tal manera, que debe de ser tarea prioritaria de nuestra sociedad, incorporar a esta condición a todo el pueblo. Deberíamos de empezar por proteger a los ciudadanos de aquellos políticos que, desde su miseria, intentan arrebatarles a los grupos sociales más vulnerables, su jerarquía de ser miembros de pleno derecho de su comunidad. A estos grupos se les violenta acarreándolos a marchas, informes o actos, a través de coacción, de amenazas o de entrega de dádivas. De esa forma son despojados de su libertad para asistir o no a actos inventados por políticos amorales.

El acarreo, lo definió Jesús Silva Herzog Márquez en un reciente editorial: “no es un servicio de transporte: es un desplazamiento bajo presión…Quienes se rehúsan se atendrán a las consecuencias”. Es también el preludio de la compra de votos, ya que primero se necesita simular un gran apoyo popular, para así justificar los miles de votos que algún impresentable candidato obtiene mediante la clientelización y la entrega directa de cash a las personas. Estas dos figuras son los perversos siameses de los delitos electorales, que nunca son investigados por los abúlicos fiscales federales y estatales. Si todo siguiera igual, Brenda Canchola, presidenta consejera del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato (IEGG), se conformará con integrar las mesas de votación, recibir a ciudadanos y acarreado a emitir su voto, libre unos y comprado los otros; y contarlos finalmente para aclamar a los ganadores. Tantán, así dormiría tranquila y satisfecha la presidenta, aunque la calidad de nuestra democracia sea pésima.

Pero hay atisbos de que las cosas cambiarán. Por el momento, las dos marchas arrojan un contraste determinante: una fue de ciudadanos que voluntariamente y por sus medios, decidieron salir a manifestarse en defensa de una institución. La otra, organizada desde el poder, se nutrió de una enorme masa de acarreados, que fueron transportados en 1787 camiones (el periódico Reforma los contó uno por uno) desde diversos puntos de origen. De un lado, lo queramos o no, había ciudadanos, del otro un conglomerado de individuos dotados de trescientos pesos, un refresco, una torta y pasaje de ida y vuelta gratuito.

La sola verbalización del comparativo entre ambos grupos es durísima, incompasiva, pero es la expresión exacta de lo que pasó. Su crudeza debería de convertirse en el acicate para que los políticos dejaran de acarrear gente y mercadear sufragios, so pena de ser señalados, despreciados y expulsados de las boletas electorales.

Habrá que señalar que el acarreo es una práctica común entre la clase política de todos los signos, que debería de ser denunciada, combatida y penada. ¿Saben por qué lo necesitan? Porque nuestros partidos políticos son estructuras vacías de ciudadanos. Requieren simular la presencia de multitudes, obligando a la gente a asistir a sus eventos. Si no hubiese acarreo, solo estarían presentes sus incondicionales y aduladores. Su carencia de ideales y sus prácticas poco éticas no seducen a nadie. Son camarillas solitarias.

Sin el acarreo, será muy difícil justificar los votos traficados con dinero. El teatrito se cae. Y solo entonces, los verdaderos políticos tendrían posibilidades de reaparecer utilizando el talento y las ideas para convencer a los ciudadanos de sus propuestas. Sería un historial limpio el que acredite su postulación a un puesto público. Solo así las administraciones ya no serían utilizadas para expoliarlas. La corrupción política, tan extendida en nuestra obscura realidad, perdería brío y sustento.

Las marchas del 13 y 27 de noviembre, nos dejan una moraleja: la política solo se construye con ciudadanos reales. Los partidos, todos, están rebasados y desacreditados. Hoy, solo los ciudadanos a través de sus redes organizadas podrán hacer viables las próximas candidaturas. Los acarreadores y operadores electoreros no están invitados a la próxima contienda. Su sola contratación por algún partido o candidato significará descrédito y exclusión, no votos. Entiendan: es la hora ciudadana.

Marcha en apoyo al presidente

 

 

 

 

 

 

 

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ACARREO

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Carlos Arce Macías

A la mala fama deberá condenar a sus políticos, aquella sociedad que sea obligada a ser pastoreada, como animales, para conducirlos a un evento electorero, sin mayor significado ni relevancia para ellos.

Acarreados, despojados de su ciudadanía

Sin embargo, durante décadas, la forma que tenía el PRI para mostrar su potencia política fue el atiborramiento del Zócalo con las “fuerzas vivas” revolucionarias, que, desde ignotas zonas, sobre todo las más depauperadas y desvalidas, eran transportadas como recuas a gritarle loas a los gobernantes en turno.

Cuenta la leyenda que, durante la visita, en 1964 del presidente de Francia a México, Charles de Gaulle, Adolfo López Mateos reunió un nutridísimo contingente en el Zócalo para vitorear al estadista y liberador de Francia. De Gaulle se sorprendió por los tumultos congregados y le preguntó a Don Adolfo: ¿Y todos estos miles de personas no solo lo apoyan, sino también lo quieren? Orgulloso López Mateos le contesto que sí, que lo apoyaban y lo querían. Taciturno, De Gaulle reaccionó: ¡Que envidia, a mí los franceses solo me necesitan!

Por supuesto el contingente era fake. El acarreo había sido descarado para conjuntar una masa que al unísono proclamara: ¡Vive la France! y escuchara La Marsellesa. Se trataba del signo de aquellos tiempos:embarazo de urnas, alteración de actas y acarreos infames. Así se ganaban las elecciones. Y eso precisamente combatió Acción Nacional desde su fundación en 1939, con paciencia y trabajo constante de ciudadanización, hasta que, recién nacido el siglo XXI, ganó la calle, movilizó a millones de ciudadanos y echó al PRI de Los Pinos.

Luego de la marcha rosa, verificada el pasado domingo, con el objetivo de defender al INE en contra de la amenaza de suprimirlo, como suele ser la receta del presidente; la narrativa del poder ha cambiado. Hoy la sociedad organizada, esencialmente compuesta por la enorme clase media, casi siempre amodorrada, ha despertado ante el peligro de la amenaza totalitaria. Y lo más célebre es que marchó libre, seria, responsable y sin un solo acarreado, por todo Paseo de la Reforma. Esto no es un milagro, es conciencia cívica.

Ahora el presidente responderá con la organización de una multitudinaria manifestación de apoyo, organizada desde Palacio Nacional. Pero su evento carece de legitimidad desde el momento en que ha sido convocado en la sede del poder. Ese domingo las calles se llenarán de camiones foráneos que transportarán, previo pago, torta y lonche a miles de subordinados y coaccionados por los operadores electorales de Morena y del gobierno. El acarreo, sin embargo, desacredita la acción, porque carecerá del acento ciudadano, al permitir que los arreen ignominiosamente hasta la plaza pública. Es abusivo y criminal despojar a las personas de sus atributos civiles.

Así las cosas, resulta inaudito constatar que, exactamente las mismas prácticas indignas, las utiliza el gobierno municipal del PAN, en Guanajuato Capital. Resulta que, a la familia gobernante, se le ha metido en la cabeza continuar en el poder. Desde ahora han desatado una campaña descarada y anticipada, frente a las narices de un Instituto Electoral (IEEG) pasmado. Alejandro Navarro sueña heredarle el cargo a su esposa Samantha, y para ello han convertido al gobierno local en equipo de campaña, al rededor del DIF Municipal. Guanajuato capital ha quedado a la deriva.

Y en esta semana, con pretexto del 4to. Informe de la presidenta honoraria del DIF, grandes contingentes de mujeres fueron encaminadas al gimnasio, en donde se llevó a cabo el acto celebratorio, para colmar el espacio y fingir popularidad. La concurrencia estaba integrada esencialmente por acarreados, así como funcionarios y empleados municipales obligados a asistir al tedioso evento. Las prácticas priístas y morenistas se siguieron al pie de la letra por la familia gobernante, poniendo en riesgo el carácter equitativo de la próxima elección. Torpes, los políticos blanquiazules manifiestan una incongruencia con las prácticas panistas tradicionales de respeto a la dignidad de las personas, para evidenciarse como similares a sus adversarios: populistas y clientelistas. Ahora son iguales.

Acto electorero