ACARREO

Carlos Arce Macías

A la mala fama deberá condenar a sus políticos, aquella sociedad que sea obligada a ser pastoreada, como animales, para conducirlos a un evento electorero, sin mayor significado ni relevancia para ellos.

Acarreados, despojados de su ciudadanía

Sin embargo, durante décadas, la forma que tenía el PRI para mostrar su potencia política fue el atiborramiento del Zócalo con las “fuerzas vivas” revolucionarias, que, desde ignotas zonas, sobre todo las más depauperadas y desvalidas, eran transportadas como recuas a gritarle loas a los gobernantes en turno.

Cuenta la leyenda que, durante la visita, en 1964 del presidente de Francia a México, Charles de Gaulle, Adolfo López Mateos reunió un nutridísimo contingente en el Zócalo para vitorear al estadista y liberador de Francia. De Gaulle se sorprendió por los tumultos congregados y le preguntó a Don Adolfo: ¿Y todos estos miles de personas no solo lo apoyan, sino también lo quieren? Orgulloso López Mateos le contesto que sí, que lo apoyaban y lo querían. Taciturno, De Gaulle reaccionó: ¡Que envidia, a mí los franceses solo me necesitan!

Por supuesto el contingente era fake. El acarreo había sido descarado para conjuntar una masa que al unísono proclamara: ¡Vive la France! y escuchara La Marsellesa. Se trataba del signo de aquellos tiempos:embarazo de urnas, alteración de actas y acarreos infames. Así se ganaban las elecciones. Y eso precisamente combatió Acción Nacional desde su fundación en 1939, con paciencia y trabajo constante de ciudadanización, hasta que, recién nacido el siglo XXI, ganó la calle, movilizó a millones de ciudadanos y echó al PRI de Los Pinos.

Luego de la marcha rosa, verificada el pasado domingo, con el objetivo de defender al INE en contra de la amenaza de suprimirlo, como suele ser la receta del presidente; la narrativa del poder ha cambiado. Hoy la sociedad organizada, esencialmente compuesta por la enorme clase media, casi siempre amodorrada, ha despertado ante el peligro de la amenaza totalitaria. Y lo más célebre es que marchó libre, seria, responsable y sin un solo acarreado, por todo Paseo de la Reforma. Esto no es un milagro, es conciencia cívica.

Ahora el presidente responderá con la organización de una multitudinaria manifestación de apoyo, organizada desde Palacio Nacional. Pero su evento carece de legitimidad desde el momento en que ha sido convocado en la sede del poder. Ese domingo las calles se llenarán de camiones foráneos que transportarán, previo pago, torta y lonche a miles de subordinados y coaccionados por los operadores electorales de Morena y del gobierno. El acarreo, sin embargo, desacredita la acción, porque carecerá del acento ciudadano, al permitir que los arreen ignominiosamente hasta la plaza pública. Es abusivo y criminal despojar a las personas de sus atributos civiles.

Así las cosas, resulta inaudito constatar que, exactamente las mismas prácticas indignas, las utiliza el gobierno municipal del PAN, en Guanajuato Capital. Resulta que, a la familia gobernante, se le ha metido en la cabeza continuar en el poder. Desde ahora han desatado una campaña descarada y anticipada, frente a las narices de un Instituto Electoral (IEEG) pasmado. Alejandro Navarro sueña heredarle el cargo a su esposa Samantha, y para ello han convertido al gobierno local en equipo de campaña, al rededor del DIF Municipal. Guanajuato capital ha quedado a la deriva.

Y en esta semana, con pretexto del 4to. Informe de la presidenta honoraria del DIF, grandes contingentes de mujeres fueron encaminadas al gimnasio, en donde se llevó a cabo el acto celebratorio, para colmar el espacio y fingir popularidad. La concurrencia estaba integrada esencialmente por acarreados, así como funcionarios y empleados municipales obligados a asistir al tedioso evento. Las prácticas priístas y morenistas se siguieron al pie de la letra por la familia gobernante, poniendo en riesgo el carácter equitativo de la próxima elección. Torpes, los políticos blanquiazules manifiestan una incongruencia con las prácticas panistas tradicionales de respeto a la dignidad de las personas, para evidenciarse como similares a sus adversarios: populistas y clientelistas. Ahora son iguales.

Acto electorero

 

 

 

 

 

 

 

 

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