GUANAJUATO 88’

Carlos Arce Macías

Para los que vivieron estos hechos

Hace treinta y tres años el Partido Revolucionario Institucional sentía encontrarse en el apogeo de su poder. Aún cuando había pequeñas señales que predecían su caída, en su interior, alrededor de la figura hierática de Rafael Corrales Ayala, la camarilla tricolor se sentía invulnerable.

Rafael Corrales Ayala

Las estratagemas desde el poder, los instrumentos gubernamentales, los premios y castigos que se distribuían desde la cúspide, los negocios que se sustentaban desde el tráfico de influencias parecían garantizar la permanencia del vetusto partido político, jamás abierto a la competencia interna, carcomido, por un revoltijo de intereses de toda calaña. Lo único que lo mantenía en el poder, era la creencia de que no podía ser derrotado precisamente porque el largo tiempo de permanencia en el gobierno, así lo corroboraba.

Cuando el poder se concentra, teniendo incluso la posibilidad de nombrar a un sucesor a modo, poco a poco se construyen los cimientos de una enorme torre de marfil en donde se recluye el gobernante absolutista, del cual depende el poder legislativo, ejecutivo, judicial, y cualquier otro. Nada se mueve si no pasa a través de la voluntad del ejecutivo mandón. Frente a tal aglutinación de poder, cualquier intento de crítica se nulifica. De esa forma, los consejeros áulicos no expresan mas reflexiones que aquellas que el gobernante quiere oír. El puesto les va en ello.

Consejeros áulicos

De tal manera, muy pronto las fuertes murallas concebidas como defensa se transforman en cárcel. Adentro se vive una realidad alternativa, que poco tiene que ver con la vivencia diaria del resto de la sociedad. Todos los ámbitos políticos entran en crisis, no hay operadores decentes, fuertes y con autoridad, solo incondicionales y aduladores. El barco hace agua.

Hace mas de treinta años, el 4 de diciembre de 1988, Corrales Ayala, perdía el municipio más importante de Guanajuato: León. Una sociedad harta de la primacía de un partido autista, ensimismado, cuya acción solo se entendía revisando la cauda de favores de su camarilla, resultaba vencido por una nueva generación de políticos, decididos a cambiar la forma de gobernar, evitando los múltiples abusos que se cometían a diario. Había que democratizar la vida pública. Abrir las ventanas y ventilar el espacio comunitario, para luego compartirlo con todos.

Dentro del sistema imperante, se materializaba la peor pesadilla del gobernador Corrales Ayala. Ahora debería enfrentar a una nueva casta, formada sólidamente en los valores democráticos. Los combates serían a campo abierto, sin robo y embarazo de urnas. Los altos muros del palacete ya no lo resguardarían del golpeteo diario, de una nueva forma de hacer política, contraria al claustro y a los acuerdos inconfesables.

Corrales Ayala, perdía presencia frente al vigor de nuevos políticos acompañados por viejos y pacientes luchadores. Era el principio del fin. Se posicionaba un liderazgo diferente frente al representante de un vetusto sistema. Un gigante con pies de barro, tambaleante, grosero e insostenible, por la incondicionalidad requerida entre su membresía para accionar y moverse. Sería cuestión de solo dos años para que la torre de marfil priísta se desmoronara totalmente. Es el destino de los partidos políticos que no solo no se adaptan al cambio, sino que persisten en gobernar desde las soledades del salón del trono, rodeados de voluntades torvas, acotados por intereses y negocios.

La potencia de un alcalde de oposición, desde la ciudad más importante del estado, acompañado por un ayuntamiento competente, bien dotado, con un gobierno que se despoje de los intereses urdidos en su entorno y que inicie una cruzada, seria y verdadera, en contra de la corrupción y los abusos, no puede ser resistida por un gobernador en conserva, rodeado de arlequines y bufones, dispuestos a hacer reír y agradar al soberano.

Jaque mate, el PRI perdió el poder el 3 de noviembre de 1991. Esa es la historia, ojalá sirva de ejemplo.

Corrales, Salinas y Medina

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