CIENCIA

Carlos Arce Macías

 

El fin de la ciencia no es abrir la puerta al saber eterno, sino poner límite al error eterno”.

Galileo Galilei

 

El término “Ciencia, proviene de la etimología latina scientia que significa conocimiento. Pero no es cualquier conocimiento, sino se trata de aquel con ciertas cualidades: sistemáticamente estructurado, obtenido mediante la observación de patrones regulares, de razonamientos y de la experimentación. A partir de estas condiciones se construyen hipótesis, se deducen principios y se elaboran leyes generales y esquemas metódicamente organizados. Se trata de la operación del cerebro humano en su mejor nivel de funcionamiento. Es una tarea diferenciadora de la especie humana. Es el pensamiento sublimado.

 

Sin embargo hacer ciencia no ha sido fácil. Más allá de los referentes históricos de Babilonia, China y Egipto, los griegos desarrollaron como ninguna otra civilización el pensamiento científico. Solo el hachazo del cristianismo segó los avances logrados en la era clásica y postró a la civilización occidental en el obscurantismo. Hacer ciencia se convirtió en una peligrosísima actividad que podía terminar en la hoguera o por lo menos en alguna mazmorra o celda conventual. La utilización del método más sincronizado con el cerebro humano, desnudaba con singular crudeza muchos de los absurdos dogmas religiosos. De allí que la ciencia siempre termina contrapuesta a la creencia. La creencia busca la fe, la ciencia la evidencia y la razón.

 

La historia testimonia a un buen número de famosos perseguidos por sus observaciones, experimentos y teorías, como la célebre científica Hipatía de Alejandría, pero también Roger Bacon, Miguel Servet, Giordano Bruno, Nicolás Copérnico, Johannes Kepler y René Descartes. El fanatismo y la fe, no se llevan bien con la ciencia que exige como presupuesto la libertad de dudar de todo. La hoguera siempre había estado presente , hasta la consolidación de la revolución científica ya en los finales del siglo XVII mediante la creación en Inglaterra de la Royal Society, la asociación científica más antigua del mundo, con Isaac Newton a la cabeza, y su famoso lema: “Nullius in verba” (En palabras de nadie), que establece el desacato al  “principio de autoridad de los escolásticos”, como reto para comenzar a dudar de todo y pensar todo.

 

A partir de ese momento, las principales potencias mundiales fomentaron las ciencias, y con ello, el desarrollo acelerado de la civilización. Los países saben de la importancia de consolidar una masa crítica que entienda y practique la ciencia, conectando con otras zonas y regiones para compulsar observaciones e hipótesis, así como para compartir experimentos. La bonanza de los países depende de ello.

 

Hacer ciencia se convirtió, con el tiempo en política de Estado. Las conflagraciones bélicas de dos devastadoras guerras mundiales, y especialmente la guerra fría y los avances en el uso de la energía nuclear, accionaron grandes inversiones para formar científicos, construir laboratorios y apoyar proyectos en la industria y en las grandes universidades. 

 

Hoy el país que carece de capacidades científicas y tecnológicas está destinado a la medianía… si bien le va. Es por eso que sorprende la mezquindad e inquina con la que el gobierno de López Obrador ha actuado en contra de la comunidad científica, agrediéndola y acusándola de ser corrupta. Hay un tufo en el modito como el presidente se refiere a los científicos y goza los disparates de su nueva directora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), que agravia y hiere.

 

Nuestro nuevo presidente no es un hombre tocado por la luz de la ciencia, sino por el contrario, sujeto al pensamiento basado en creencias. Se advierte esto a todas horas en sus mensajes y en la forma como toma sus decisiones. Convertir en púlpito la tribuna presidencial, descubre su convicción en que la revelación, es la base de su acción. El antídoto, por desgracia para él, es la ciencia. De allí que desmembrar el aparato científico y tecnológico del país se convierte en una prioridad gubernamental, ya que desde esa posición se pueden controvertir “sus datos”.

 

Y es que en el encuentro con el pensamiento científico es desde donde se puede desmoronar su gustada frase:  “yo tengo otros datos”, que no podría sostenerse frente a académicos connotados que recomendarían: “pues revíselos porque están mal”; o bien ante la festiva afirmación de: “vamos requetebién”, porque se impondría la pesada ancla de la realidad, constatada científicamente y que le señalaría al Ejecutivo tajantemente: “se equivoca, vamos mal. Rectifique”. 

 

Ese es el drama de la ciencia frente al poder sin contrapesos, y el momento en que las hogueras se encienden en busca de nuevos condenados para tranquilizar a sus fanáticos. No por nada, el renacimiento democrático se dio luego de producirse la revolución científica. Desde allí se entendió la necesidad de acotar a los monarcas y dictadores. 

 

Pero si no es desde el ámbito científico, dónde se combata la sinrazón que comienza a campear en México, no será en ninguna otra parte, donde se luche frontalmente contra el fanatismo y las creencias absurdas, que subyace en el populismo mas ramplón. Salvaguardar la búsqueda de la verdad en un entorno de libertad, y hacerle frente al dogma, desde cualquier parte donde se quiera imponer, es deber académico irrenunciable. Con valentía, los científicos mexicanos deben de dar esta batalla. Nullius in verba.

 

 

 

 

 

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