LA FIESTA DEL DELFÍN

Carlos Arce Macías

Recuerdo mis primeros años de estudio en Guanajuato. Un joven político, consentido del presidente Luis Echeverría, arribaba a la gubernatura del estado, a la edad de apenas 36 años, lleno de enjundia y confiado en una carrera prometedora, que quizás lo llevaría a las posiciones más descollantes de la política mexicana.

Eran otros tiempos. La democracia era una farsa, y todo se limitaba a un sainete de formalismos y liturgias, para intentar construir cierta apariencia de participación corporativa en la toma de decisiones del monolítico Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Resultaba vergonzoso. La mancillada división de poderes, clave para cimentar un gobierno moderno, equilibrado por los contrapesos que se ejercen sobre los poderes legislativo y judicial, eran inexistentes. El gobernador finalmente palomeaba las listas de posibles candidatos a la diputación local, resultando conformada por un grupo de incondicionales que volvían nugatoria la rendición de cuentas. Cuanta iniciativa era enviada, se procesaba en automático para no provocar la ira del joven ejecutivo. La oposición resultaba testimonial, y sus razones eran ninguneadas por una mayoría aplastante y leal hasta la ignominia, con que contaba el PRI en la Cámara estatal.

Los presupuestos eran ejercidos de manera discrecional. Los subejercicios se manejaban a contentillo, y  la opacidad reinante, permitía la libre disposición de los dineros públicos. La obra estatal era asignada a las empresas que llevaban buenas relaciones con el gobierno. Para efectos prácticos, no existía un sistema de responsabilidades de los servidores públicos, que pudiera establecer sanciones por la negligencia o falta de probidad de los funcionarios.

A sus 36 años, Ducoing era el segundo gobernador más joven de México. Como consecuencia del ánimo por congraciarse con la juventud, luego de los trágicos sucesos de 1968, Luis Echeverría había decidido impulsar a algunos jóvenes a puestos de gran responsabilidad dentro del gobierno. Otro personaje de esos tiempos fue Porfirio Muñoz Ledo, quién a sus 39 años, era nombrado secretario del trabajo, en un gabinete presidencial tradicionalmente maduro.

El delfín de Echeverría en El Bajío, gobernaba a gusto, sin oposición que lo acotara. Su palabra y voluntad, eran cumplidas con rapidez y eficacia. Incluso, recordamos, cuando de la noche a la mañana decidió defenestrar al alcalde de Guanajuato, sin mediar causa justificada alguna. Solo su voluntad. Esa era la forma autoritaria de proceder, en aquélla época.

En pleno fascismo abajeño, siempre, cualquier motivo para celebrar al autócrata estatal, resultaba indicado para manifestar la dicha popular por el talentoso gobierno de tan célebre personaje. De tal manera, su cumpleaños se convertía en el pretexto laudatorio perfecto: ¡Aleluya, aleluya! Celebremos el aniversario del nacimiento de nuestro ínclito gobernante.

La apoteosis iniciaba con el cántico de “Las Mañanitas” por conjuntos musicales, para provocar el retorno del homenajeado a la realidad, bajo el influjo de los corridos de José Alfredo Jiménez. El desayuno congregaba a la clase política mas cercana, ya que ellos constituían la feliz familia gobernante… siempre y cuando no se alterara la sensible voluntad del gobernador.

Luego venía el besamanos. Larga fila de políticos locales, que habían viajado por la madrugada desde lejanos municipios, para estrechar la mullida mano de Don Luis. Con ellos, venía un pequeño séquito de incondicionales, transportando los regalos que la comunidad municipal enviaba, consistente en toda clase de presentes inimaginables, incluyendo, por ejemplo, a un hermoso caballo.

Luego venía el banquete en San Gabriel de Barrera, en donde no había límite al consumo de destilados, whiskey, coñac, ron o tequila. Los “amigos” pululaban por doquier. Nadie había querido tanto al encumbrado personaje, como el compadre o conocido que lo abrazaba eufóricamente. Así es la política, cuando se está en la cima, aparecen amigos por cientos. Mucha hipocresía y simulación.

Luego llegó el reino de las tinieblas. El joven delfín echeverrista, equivocó su apuesta sexenal a favor de Mario Moya Palencia, secretario de gobernación. El ungido por Echeverría resultó su amigo de juventud José López Portillo, el cual sabía de las preferencias del guanajuatense por su adversario político. Ducoing terminó en la cuerda floja, acechado por sus enemigos que olfatearon sus debilidades, y su estrella declinó sin remedio.

Menos mal, que con el tiempo y la enjundia de un partido fresco y democrático como Acción Nacional, la pseudomonarquía quedó liquidada en 1991. Luego de ello, los poderes estatales han sido reivindicados, hasta llegar a la actualidad en donde el legislativo funciona para exigir cuentas a los gobernantes, cernir las iniciativas del ejecutivo sin consideración partidaria alguna, y los presupuestos son verificados puntualmente para cuidar los dineros públicos. No existe la intención de intervenir en el nombramiento de quien encabeza el poder judicial, y los magistrados son nombrados por méritos y no por la relación política con el gobernante en turno.

Pero la felicidad nunca viene completa. Preocupa a los ciudadanos que a diferencia de los antiguos tlatoanis priístas, que no poseían la facultad de nombrar herederos, los últimos gobernadores panistas, no cejan en su intento de endilgar a los guanajuatenses a su delfín. Si se logra, correremos el peligro de que se equivoque la vía republicana y reconstruyamos, con más defectos, un gobierno premoderno. Acabaría así el sueño guanajuatense. Estaríamos de vuelta en el pasado.

@carce55

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