CENA CON FIDEL

UNA CENA CON FIDEL

Carlos Arce Macías

-Fó, tú puedes ser presidente de México. Le espetó Fidel Castro a Vicente Fox, al inicio de una cálida cena, el lunes 22 de febrero de 1999, manifestando sus dotes de adivino, o bien dejando entrever, como le gustaba, la calidad de la información obtenida por su servicio de inteligencia que opera en México.

Ese día, por la noche, luego de la firma del convenio de hermanamiento entre la provincia de La Habana y Guanajuato, en la Casa de los Alcaldes, ciertos miembros de la comitiva del entonces gobernador de Guanajuato, discretamente, fuimos invitados a abordar los vehículos que nos esperaban para transportarnos al Palacio de la Revolución, en dónde se ofrecería una cena con el presidente Fidel Castro Ruz.

El personaje legendario, joven rebelde en pos de sus ideales, líder revolucionario, carismático conductor de un pueblo enfrentado a la potencia más poderosa del mundo, dictador autoritario, y audaz político, de pronto se materializó en ser de carne y hueso, ataviado con su tradicional uniforme militar de campaña, color verde olivo.

Toda su interacción, seguía un guión cuidadosamente preparado, para poder situarse en el centro del evento, con el objetivo de dejar atónitos a sus comensales con las reflexiones y comentarios que iba externando poco a poco, en voz baja, para obligar a todos los invitados a estar en silencio para oírlo con atención.

Su voz eran todavía muy clara, y su dicción, con el acento caribeño característico, era perfecta. Al inicio, solo el hablaba, estableciendo los temas a abordar, y tomando el control total de la conversación. Era un hombre acostumbrado a imponer sin miramientos su pensamiento y visión de los temas que había decidido tratar. El inicio de la cena, fue un monólogo, con tímidos matices de diálogo, hasta que el gobernador Fox, seguramente sin pretenderlo, encontró la punta de la hebra.

-Estamos trayendo a Guanajuato desde Australia, fetos de una raza caprina que produce leche de muy buena calidad-. Fue el comentario vertido por el guanajuatense en algún momento de la charla, cuando se hablaba del desarrollo ganadero en la isla. Los ojos de Fidel destellaron, fijando su mirada en Fox, inquiriéndolo.

-¿Cómo es eso? ¿Que clase de ganado es ese? ¿Cuál es su producción?- dijo, mesándose la barba, mientras esperaba la respuesta a través de la explicación del mejoramiento de las especies caprinas. Solo así el funcionario mexicano pudo establecer un verdadero diálogo con su anfitrión. En ese momento, el resto de nosotros, nos convertíamos en mudos testigos de una apasionada conversación entre un par de granjeros ibéricos, en torno a la conveniencia de adquirir un hato de chivas lecheras.

Los detalles técnicos apasionaban al comandante revolucionario. Interrumpiendo temas de geopolítica, o el relato de su impresión sobre personajes latinoamericanos, como el entonces presidente colombiano Andrés Pastrana, el cual le había causado una magnífica impresión a Castro; volvía otra vez al asunto caprino para repreguntar.

-¿Y como cuántos litros de leche producen estas chivas Fó? ¿La ubre es suficientemente alta para dejarla pastar en zonas en que la hierba es densa, sin que se lastimen? El cerebro del dictador, no dejaba de procesar la información del ganado, y estoy seguro, que por lo menos, algunas chivas australianas deben de pacer tranquilamente en alguna parte de la bella isla de Cuba.

Llamaba la atención, para esos momentos de la larga cena que terminaría hasta la madrugada, el interés común por la agricultura y lo animales. Se habló de caballos, vacas y búfalos.

-Fó… ¿has probado la leche de búfala?

-No, ¿es buena?

-Magnífica. ¡Traigan leche de búfala para todos! Ordenó.

Y en tanto el agricultor guanajuatense, convertido en líder político de su estado, elucubraba sobre la innovación de un tipo de arado, diseñado en la Universidad de Guanajuato, el interés del más fiero contrincante de los Estados Unidos, se enganchaba a las características de penetración en suelos, del instrumento agrícola. Para ese entonces el diálogo de los dos personajes era pleno y equilibrado. Disfrutaban la plática de manera natural, mientras se escanciaba un buen vino español de la ribera del Duero.

La cantidad de información, guardada en la memoria del revolucionario caribeño, era fantástica, pero también denotaba la preparación minuciosa de la reunión. Los datos de salud del estado de Guanajuato los manejó con suma precisión, mejor, incluso, que el secretario estatal del ramo, ahí presente. Recuerdos, reflexiones y anécdotas surgían como pirotecnia mental de la mente de Castro. Era una floritura de retentiva apantallante, para provocar la admiración de sus invitados.

Con naturalidad, sabedor del reconocimiento que se le profesaba, Castro intentaba mantener su liderazgo todo el tiempo. Un oficial, discretamente, probaba los alimentos que se le iban sirviendo. Demasiados atentados en su contra, justificaban la protección a su persona.

Sin imposturas, trataba de conducir con mano firme la reunión, hacia los puntos que le importaban tocar, evaluando detenidamente las reacciones de su interlocutor. Lo estudiaba con esmero.

Pero seguramente fue sorprendido por el inesperado agradecimiento de Fox por la interesante y agradable velada y las atenciones recibidas.

-Pues gracias comandante, ya son mas de las 3 de la madrugada y mañana hay que chambear,- le dijo al asombrado Castro, acostumbrado a liberar a sus comensales casi a la salida del sol. El gobernador de Guanajuato se levantó de su asiento ante el impávido dirigente cubano, que no tuvo más opción, que acompañar hasta las escalinatas del Palacio de la Revolución, a sus invitados, siempre mostrando empatía y amabilidad. Al despedirse, con cierto dejo de afecto sincero, acabó fundiéndose en efusivo abrazo con Fox. La entrevista se daba dos años antes de la ruptura entre ambos, acontecida en 2002.

Al día siguiente, mientras recorríamos por la mañana la Habana Vieja, acompañados por Eusebio Leal, el cronista de la ciudad, Fox vio como una viejecita barría el exterior de la iglesia de San Francisco. Se dirigió a ella, la saludó y empezaron a platicar. Se sentó a su lado y le preguntó:

-¿Eres católica?

-No, no soy católica-. Respondió.

-¿Entonces en quién crees?- Inquirió el guanajuatense.

-En Fidel.

Twitter: @carce55

Editorial publicado el 27 de noviembre de 2016 en el periódico AM LEÓN.

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