2 INDEPENDENCIAS 2 CONSTITUCIONES

Carlos Arce Macías

En el vértice entre los siglos XVIII y XIX, ocurrieron las independencias de las provincias inglesas situadas en América del norte y la independencia del rico virreinato de la Nueva España, hasta entonces parte del Imperio español. Con diferencia de 45 años, un suspiro para la historia, los dos hechos libertarios, transformaron la composición política de América.

Vale la pena entender, que estos movimientos de emancipación, tuvieron una fecha de inicio, un período de conflicto, y posteriormente, el reconocimiento formal por parte de la potencia colonialista. Este proceso le llevó 7 años a Estados Unidos. Proclamó su independencia un 4 de julio de 1776, y le fue reconocida por el Reino Unido el 3 de septiembre de 1783, mediante la firma de la Paz de Versalles.

En México, el primer movimiento de rebelión inició el 16 de septiembre de 1810. Sin embargo, la aceptación por parte de España de la independencia de México, no se da, sino hasta el 28 de diciembre de 1836 con la firma del Tratado Santa María-Calatrava. Debieron pasar, largos 26 años para poder lograr a plenitud la libertad del declinante Imperio español.

Los números hablan con claridad, mientras los norteamericanos lograron negociar con los ingleses su reconocimiento en muy poco tiempo, los mexicanos requerimos de mas de un cuarto de siglo y el paso efímero de un imperio y varias presidencias, hasta que Anastasio Bustamante, presidente conservador, logro la firma del ansiado acuerdo.

Así, una nación en corto tiempo comenzó a consolidar instituciones y avanzar en la formación de un gobierno modernísimo, conducido inicialmente por personajes universales como Washington, Adams, Jefferson y Madison. En contraste, México conformó un efímero Imperio, un Supremo Poder Ejecutivo, una República Federal y una República Centralista. De todo como en botica, a causa de una clase política mediocre, sin visón de largo plazo.

Mientras Norteamérica iniciaba su independencia con cerca de 4 millones de habitantes, Nueva España tenía 6 millones de pobladores. Para 1836, había cerca de 7 millones de personas habitando México. Pero los Estados Unidos habían crecido a una velocidad vertiginosa, impulsado por una fuerte emigración europea en busca de tierra y libertades. En 1836 ya tenía al rededor de 15 millones de almas asentadas en su territorio, superando ampliamente a su vecino mexicano.

En el campo jurídico, Estados Unidos de América aprobó su Constitución, el 17 de septiembre de 1787, bajo la influencia de Montesquieu y John Locke. Pero el momento fundamental, ocurrió con la incorporación de la Carta de Derechos, en 1791, inspirada en la Carta de Derechos inglesa de 1689 y en la Declaración de Derechos de Virginia. Y todo se cocinó entre virginianos. Thomas Jefferson, entonces embajador en Francia, pugnó por la inclusión de la Carta en la Constitución, apoyado por James Madison, su redactor. La lista de libertades es larga: de expresión de prensa, de asociación, de petición, de portación de armas y …¡de religión! Pero se obvió la referente a la prohibición de la esclavitud. Así nacía un gran texto jurídico, maculado por la omisión del sagrado derecho a la libertad que todo hombre debe de poseer.

México, sumergido en una turbulencia política constante, transitó hacia su independencia plena, bajo Los Sentimientos de la Nación de Morelos, un documento muy provinciano y sin aliento de la Ilustración. Luego vino la Constitución de Apatzingán, posteriormente el Plan de Iguala, para al fin abrir paso a la Constitución Federalista de 1824. En todos los instrumentos, con mayor o menor rigor, se enumeran un largo listado de libertades. A diferencia de Estados Unidos, la abolición de la esclavitud es clara y se festina. Pero también, en contraste con los vecinos del norte, en todas las propuestas, se establece el imperativo de que la religión católica sea la única que se profese en la nación. La libertad de creencia, queda anulada, estableciéndose un inoportuno estado confesional en México.

Así, las constituciones de ambos países nacieron con un tumor en su seno, a cual más peligroso. En los Estados Unidos, el mantenimiento a contrapelo, de la esclavitud, cuando reinaba un animo de reconocimiento de derechos para los ciudadanos. En México, en pleno auge de libertades garantizadas en los textos constitucionales, se omitió descaradamente la libertad de creencias, manteniendo la anticlimática influencia, en la vida pública, del poder religioso.

Con el tiempo, México padeció el lento crecimiento de su población, entre otros motivos, por restringirse la afluencia de inmigrantes que no profesaran el catolicismo. Esto tuvo como consecuencia el contrastante crecimiento de los Estados Unidos, y el débil aumento poblacional de México. Finalmente no fue posible resistir la presión demográfica de los norteamericanos y acabó perdiendo la mitad de su territorio. Para colmo, ante la eliminación en la nueva Constitución de 1857, del catolicismo como religión de Estado, y el establecimiento de la laicidad, se desató una brutal conflagración intestina: la Guerra de Reforma que duró 3 años y costó multitud de bajas.

Mientras, por la abolición de la esclavitud, los Estados Unidos iniciaron una de las guerras civiles más sangrientas de las que se tenga memoria. Entre 1861 y 1865, la Guerra de Secesión produjo más de medio millón de muertos.

No cabe duda, que resistirse al avance de las libertades, incluso, bajo la bandera de la creencia religiosa, no lleva al paraíso, sino a los fuegos infernales de la violencia entre hermanos. Las lecciones históricas están ahí, de nosotros depende hacerles caso o no.

Twitter: @carce55

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