TRAS LA TUMBA DE SAN PEDRO, LA NECRÓPOLIS VATICANA

SAN PEDRO

Carlos Arce Macías

 

A mi querido amigo Francisco Montiel

 

Durante estos días, visita México el Papa Francisco. La feligresía mexicana, fervorosa como pocas, colapsará la vida de la capital y varias ciudades del interior de la República. El catolicismo, religión mayoritaria en nuestro país, esta de plácemes. El heredero de San Pedro esta entre nosotros, y su presencia me lleva a recordar una interesante experiencia.

 

Hace algunos años, estuve en Ciudad del Vaticano, y tuve la oportunidad de visitar una parte reservada de la majestuosa Basílica de San Pedro, la más grande del mundo. Se trata de la Necrópolis Vaticana (Scavi Vaticani), ubicada en la profundidad de la Basílica, a once metros por debajo de las catacumbas que albergan las tumbas de los últimos papas a la que solo tienen acceso un número de visitantes muy reducido, 250 personas diarias.

 

La necrópolis fue descubierta en 1949, y Pio XII ordenó a los arqueólogos del Vaticano iniciar los trabajos necesarios para acceder al antiguo panteón que fue enterrado para construir sobre el, la primera Basílica de San Pedro, la de Constantino en el siglo IV.

 

El grupo de sepulcros descubiertos en las profundidades vaticanas, muestran cultos romanos como el de Dionisos y egipcios como Horus. Verdaderos tesoros de la antigüedad, correspondientes a los mausoleos de la Via Cornelia de los tiempos del emperador Nerón. Allí pues, en el corazón del catolicismo están las pequeñas capillas paganas, donde fueron enterrados muchos plebeyos ricos.

 

A lo largo del estrecho pasillo, por donde se van visitando los 22 mausoleos con acceso al público, se llega finalmente al llamado campo “P”. En esa zona se encuentra ubicada la que se supone es la tumba del apóstol Pedro, pero esta vacía. Se trata de una sepulcro que fue identificado como de alguien importante. A su lado se encuentra un muro, el Muro Rosso, donde fue localizada una urna en la que se ubicaron algunos vestigios óseos. Es ese el sitio que se identifica como la tumba de Pedro, situada directamente abajo del gran altar mayor diseñado por Bernini. Muchas personas, atizan su fe interna rezándole a la urna de plata que se encuentra directamente enfrente del altar, creyendo, equivocadamente, que se trata del arca que contiene los restos del primer Papa. Ahí solo se guarda el palio, especie de estola, del Papa en turno.

 

Algunos estudios que se han hecho sobre los huesos encontrados, indican ciertas posibilidades de que se traten de los restos del egregio apóstol, sin embargo, la Iglesia se ha negado a realizar el importante estudio de carbono 14, para poder fechar su edad exacta. Los creyentes católicos deberán conformarse con la explicación papal que formuló Paulo VI en 1968, al terminar los trabajos arqueológicos. Determinó que la tumba de Pedro había sido encontrada y que contiene restos que científicamente pudieran atribuírsele.

 

El viaje a las profundidades de la gran Basílica, es una inmersión de dos mil años, al inicio mismo de la religión cristiana, y su fincamiento en Roma, el eje del mundo antiguo. Recorrer sus estrechos pasajes, husmear el interior de cada mausoleo pagano, ver plasmadas las efigies de los dioses protectores de religiones desaparecidas, provocan una singular emoción, que tiene como término, la pequeña caja que guarda los supuestos restos del mártir sobre el cual se fundó la Iglesia Católica Romana. A las anteriores religiones, provenientes de oriente o constituidas por referentes helénicos, les cayó encima y sepultó el peso inmenso de una nueva religión, constructora de la cultura occidental. Una gran experiencia.

 

Para finalizar el recorrido, ahora los invito a trasladarnos a Tierra Santa, a una cueva del Monte de los Olivos, cerca de Jerusalén, en dónde fueron descubiertos en 1953, varios osarios del siglo I. Se trata de una parte del cementerio del convento llamado “Dominus Flevit”, a cargo de sacerdotes franciscanos. El monasterio esta situado en el lugar en el que según la Biblia, lloró Jesús la última noche antes de ser apresado. Algunas de las vasijas correspondían a los nombres de Lázaro, Marta y María, sus hermanas, coincidentes con las Escrituras. Pero lo que llamó poderosamente la atención, fue una urna que contenía la siguiente inscripción en arameo: “Simon Bar Jona”, que significa Simón, hijo de Jonás, que corresponde a la referencia bíblica de Mateo 16:17: ”Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás…”. Es el nombre original de Pedro, y al parecer ese es su osario (“Gli Scavi del Dominus Flevit”. 1958. P.B. Baggati y J.T. Milik, sacerdotes franciscanos; así como el reportaje de Paul Peterson sobre el tema: www.aloha.net/~mikesch/peters-jerusalem-tomb.htm). Quedamos, pues, ante un misterio por clarificar.

@carce55

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